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30 nov 2020

EL AÑO VIEJO

Crónicas musicales… crónicas sobre canciones populares muy reconocidas en el mundo

 Texto de  Ernesto Pino

En diciembre de 1953, Crescencio Salcedo estando en su casa arreglando flautas, escuchó  una canción que se promocionaba como el gran éxito del año. Se paró exaltado y con los ojos abiertos pensó profundo, “esa canción es mía”.

  

Crescencio salcedo en Medellín. 1974. “Afroemerides…” Diego Aranda.

  Crescencio Salcedo de niño nunca asistió a la escuela y ese tiempo lo ocupó al lado de su abuelo Telesforo Monroy, quien lo inició en los oficios comunes del campo como la agricultura, la cacería y la ganadería. Aprendió a leer y escribir de adulto: “Aprendí a leer oyendo. Decían, esta vaina dice así y yo veía que letras se ocupaban de aquella frase, entonces ya yo sabía hacer letras”. Y desde niño también se mezcló en las aventuras pueblerinas de la piquería que frecuentaban en los barrios, en los mercados populares  y en las ferias de los pueblos y especialmente en la fiesta de la Virgen del Carmen y en la navidad. Las piquerías empezaban en los barrios y terminaban en el centro del pueblo con la bulla de las tamboras, las dulzainas y las maracas y después con los sonidos del acordeón: “Aquella que va bailando/ lleva el pollerin afuera/ y el que la va galantiando/ dice que es forastera”. En ese camino aprendió el oficio que finalmente le marcaria su destino para siempre: fabricante artesanal de flautas y de gaitas.  (Ver Crescencio  Salcedo: mi vida. Jorge Villegas y Hernando Grisales)

  Campesino fiestero y constructor de instrumentos musicales empezó a crear melodías y a escribir versos con una letra y ortografía rudimentaria, emulando a decenas de jóvenes parranderos que animaban los bailes de la comunidad. Entre la siembra del campo y las fiestas populares con los embates de la piqueria transcurría la vida de Crescencio. A la muerte de su abuelo, se desplazó a la Guajira, se conectó con los indios y con ellos convivió durante ocho años y aprendió “las virtudes de la naturaleza en muchas formas”, remarcando su condición de origen indígena y asimiló el oficio de la yerbateria y el uso medicinal y milenario de las plantas; las mismas que mantendría en su mochila legendaria combinada con la presencia de flautas y gaitas para la venta y la enseñanza. Por ella lo apodaron cariñosamente “compae mochila”.

  Caminante permanente sin zapatos, su figura desgarbada y alegre, empezó a ser reconocida en las avenidas de ciudades como Cartagena, Barranquilla,  Medellín y todos los pueblitos de la Costa: descalzo, con pantalones y camisa blanca y su sombrero “vueltiao”, ya era un juglar urbano que armaba corrillos para tocar la flauta y cantar sus propias canciones. Tanta práctica callejera lo convirtió en un buen repentista de trovas. Cierta vez en una piqueria lo retaron para que versará sobre un sombrero colgado, Crescencio de inmediato respondió así: mi sombrero sabanero/se lo pongo a mi mulata/se lo quitó y se lo pongo/porque me costo la plata. .  (Ver Crescencio  Salcedo: mi vida...)

  García Márquez en sus memorias lo recuerda perfectamente, cuando menciona algunos juglares costeños que él conoció: “Otro muy popular era Crescencio Salcedo, un indio descalzo que se plantaba en la esquina de la lunchería Americana para cantar a palo seco las canciones de las cosechas propias y ajenas, con una voz que tenia algo de hojalata, pero con un arte muy suyo que lo impuso entre la muchedumbre diaria de la calle San Blas. Buena parte de mi primera juventud la pasé plantado cerca de él, sin saludarlo siquiera, sin dejarme ver, hasta aprenderme de memoria su vasto repertorio de canciones de todos.” (Ver “Vivir para contarla”. Gabriel García Márquez.)

  Crescencio Salcedo es una gran paradoja de la historia de la música Colombiana. Casi analfabeto, caminante descalzo por convicción, juglar de corrillos cantando y tocando su propia música para poder sobrevivir; inesperadamente se convirtió en una leyenda real con canciones alegres que los Colombianos de varias generaciones siempre las cantan, especialmente en navidad: canciones como Santa Marta tiene tren, La múcura, Mi cafetal, La víspera de año nuevo, Varita de caña, y por supuesto El año viejo. Con cualquiera de ellas se hacía mérito para estar en la cúspide de los más grandes compositores de música colombiana.

  Ni el mismo Crescencio supo cuantas canciones escribio con los ritmos de la música tropical de nuestra costa norte de Colombia. Lo que  es cierto, es que sus canciones más famosas fueron apropiadas por terceros que eran compositores o empresarios de la música. Por ejemplo, La múcura fue apropiada por el empresario Antonio Fuentes (sin abogados para responder creó la canción Envidia: se perdió mi mucurita/que me daba tanto goce/mi preciosa muy bonita/se la cogió un envidioso); Santa Marta tiene tren, fue conculcada por el músico argentino Eugenio Nobile y en Colombia aparece a nombre del gran acordeonista “Chico” Bolaños, gran amigo de Crescencio; Mi cafetal también fue registrada por el mismo Antonio Fuentes, tanto en Colombia como en Estados Unidos; por su parte, la emblemática canción navideña “La víspera de año nuevo”, tiene tres versiones conocidas y cuatro compositores más Crescencio. Igual hay que reconocer que en las primeras décadas del siglo 20, no existía una exigencia real en la determinación de los derechos de autor y por eso muchas tonadas emergieron anónimas como melodías nacidas en las competencias de los juglares, que teniendo dueño, eran desapercibidas en su autoría hasta que llegaba un empresario que la grababa, se la apropiaba y la difundía en la tecnología del momento, el acetato. Se resalta que el primer disco grabado en Colombia por Discos Fuentes, data del año 1945, con el tema “Las mujeres a mi no me quieren”, en la voz de Guillermo Buitrago, el ídolo de la época. (Ver Tras 80 años, en Discos Fuentes la rumba no se acaba. Carlos Solano, El Tiempo 2014).

Pero llega la fiesta eterna del fin de año.

  El origen indígena y campesino de Crescencio, le llevó a crear una melodía muy alegre y muy tropical, sin ninguna pretensión artística, pero que llevaba un inventario de vida en su trasegar en el campo: una finca, una chiva, una burra negra, una yegua blanca, una buena suegra y las bellas morenas de su pueblo Palomino en el Departamento de Bolívar.

  Lo que de veras nunca pensó Crescencio, es que esta canción se convertiría en la banda sonora más importante de las festividades de fin de año en Suramérica y especialmente en Colombia y en Méjico. Esta canción de manera increíble recoge un sentimiento nacional de nostalgia que hace parte de nuestra cultura y es el fondo musical de los abrazos, las lágrimas, los recuerdos de toda una población que despide el año, el 31 de diciembre a las 12 de la noche: el 31 de diciembre, se repite la navidad, los barrios populares lucen esplendorosos con las calles barridas y lavadas y los festones colgados de esquina a esquina y la gente por un rato se olvida de la rutina del desconsuelo y la desesperanza y más bien esos sentimientos agrios los descarga en un monigote hecho de cartones, desperdicios y pólvora llamado “un año viejo”.

  La primera grabación de El año viejo, la realizó  el gran director de orquesta Pacho Galán en 1952, pero su versión no generó mayor impacto. En cambio, la misma canción con magníficos arreglos se grabó en 1953 en la versión de Tony Camargo con la orquesta de Chucho Rodríguez, ambos músicos mexicanos. Desde ese momento hasta la fecha es la canción inevitable en las fiestas decembrinas. Cuando en México suena el año viejo, todos la asocian a Tony Camargo. El mismo Tony Camargo, quien tuvo la suerte histórica de cantar esta canción, siempre lamentó no haber conocido al autor Crescencio Salcedo.

  Crescencio fue entre todos nuestros juglares, quizás el único a quien la gloria de su estatura musical, le trajo más desventura que la justa oportunidad de una vida digna. Retirado en la ciudad de Medellín y víctima de un derrame cerebral, aun seguía trabajando en las calles de la ciudad. Quienes no lo conocían podrían suponer que era un indigente que pedía limosna, pero él se sobreponía a la ignorancia de los transeúntes y en su sitio móvil de trabajo colgaba un cartelón con este aviso escrito con su propia mano:

 
 AQUÍ NO SE PIDE LIMOSNA

SE VENDE FLAUTA A 100” Y A50”

HASTA 20” DE CAÑIZO

DISCOS A 20” EN MI MARCA MI PATRIA

LES INDICO COMO SE MANEJA LA FLAUTA

ES FÁCIL EL MANEJO NO NECESITA BOCADURA

A LA ORDEN CRESCENCIO SALCEDO

  En su final tuvo un fuerte encontrón con Sayco (Sociedad de autores y compositores de Colombia) por el reclamo de sus derechos de autor: les dijo “SAYCO, francamente ellos me deben un dinero que no me han remitido porque no les ha dado la gana, porque ellos creen que yo estoy acá lucrando de una gran prosperidad que ellos me han proporcionado…” Sayco le respondió con insultos, tildandolo de mentiroso, chantajista, adinerado, hasta negarle la autoría de sus canciones. En esos días el conflicto se convirtió en tema de opinión nacional, cuando el periodista Gustavo Castro Caicedo, difundió el mensaje y el eco del mismo se convirtió en un enjuiciamiento a Sayco en el programa de televisión llamado “El juicio”.

  En esas fechas, casualmente, lo conoció el poeta Manuel Hernández en la calle Junín de Medellín, e  impresionado por las dificultades del personaje y para ayudarlo le gestionó con Artesanías de Colombia, la compra de unas flautas por valor de $5.000 pesos del año 1976. El negocio fue aceptado y la plata le llegó 15 días después de su muerte, ocurrida el 3 de marzo de ese año. Manuel Hernández (el mismo que alguna vez entrevistó a Borges como profesor de la Universidad de Los Andes) admirador profundo de Crescencio, le dedicó un poema a su memoria: “….el río de las paridoras/la chiva/la burra/ la yegua/ la mujer ausente… (Ver Mi Vida: Crescencio Salcedo…). 

   Sin embargo, su trascendencia de juglar,  a pesar del desconocimiento de su importancia como compositor, alguna vez jugó a su favor, cuando uno de los grupos de teatro más importante del país, como el Teatro Libre, montó la obra “Crescencio la leyenda y la música” y su interés lo explicó así su director Ricardo Camacho: “Siempre me ha gustado mucho la música popular costeña. Crecí́ con ella porque en mi familia fue muy importante. Alguna vez tuve la oportunidad de ver a Crescencio Salcedo y me impresionó profundamente, un señor descalzo con unos callos tan gruesos como la suela de caucho de mi zapato, vendiendo flautas en la calle, en estado de indigencia, pero con una enorme dignidad”. (Entrevista de Patricia Jaramillo Vélez a Ricardo Camacho, Director del Teatro Libre).

   Por supuesto, al otro día de su muerte sucedió lo que siempre sucede en nuestro país con las respuestas institucionales, cuando desaparece un artista: le hicieron homenajes, lo declararon héroe y personaje ilustre como una manera de borrar la mezquindad y la soberbia a quien siempre  trataron como ciudadano de segunda categoría.

  Pero indudablemente, la gran fortuna de Crescencio Salcedo, que nadie, pero nadie se la puede quitar, es saber que desde 1953, varias generaciones de colombianos y de otros países de América Latina, honran felices su memoria cuando cada 31 de diciembre cantan El año viejo.

PD: Activa el link de la canción arriba y canta con la letra la versión original interpretada por Tony Camargo con la orquesta de Chucho Rodríguez.

 

El año viejo

Compositor: Crescencio Salcedo

Intérprete: Tony Camargo con la orquesta de Chucho Rodríguez

 

Yo no olvido al año viejo

porque me ha dejado cosas muy buenas

hay yo no olvido al año viejo

porque me ha dejado cosas muy buenas

mira!

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra

hay me dejo una chivita,

una burra muy negrita,

una yegua muy blanquita

y una buena suegra..

 

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra

 

me dejo, me dejo, me dejo

cosas buenas, cosas muy bonitas,

(q se repita, q se repita)

 

(ayyyy ayyy como gozo anda)

 

yo no olvido al año viejo

porque me ha dejado cosas muy buenas

hay yo no olvido no no no al año viejo

porque me ha dejado cosas muy buenas (anda)

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra

ay me dejó una chiva,

una burra muy negrita,

una yegua muy blanquita

y una buena suegra..

 

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra

 

(hay que bueno pa´bailar

mira mulata ay q rico pa´cantar)

(dímelo dímelo, )

Tócalo mamá

 

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra......

pero pero pero pero pero pero piropa

que sabroso pa bailarlo

dímelo a cantar

 

me dejó una chiva,

una burra negra,

una yegua blanca,

y una buena suegra

 

ay no no no

 ay yo no olvido al año viejo que va

yo no olvido al año viejo

otra vez....

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