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29 dic. 2011

En memoria de Julián Ocampo


| Diciembre 29 de 2011 |
Hace muchos años ya, cuando Julián y yo éramos un poco más que adolescentes y en uno de los espacios que brinda la amistad y las vacaciones, nos encontramos casi de frente con una gitana que adivinaba la suerte. El acento y la curiosidad de hablar con una gitana, esa vez pudieron más que nuestro escepticismo por aquellas cosas que no fueran tamizadas por la ciencia. Con el desparpajo que tienen los gitanos nos estudio las palmas de las manos y nos dijo algunas cosas casuales que siempre serán parte del futuro. Al mono Julio como yo le decía, si le habló más concretamente de sus factibles éxitos en los negocios, lo cual a él en ese momento no le gusto muchísimo porque los dos queríamos ser médicos y poetas. Al final y para no “perder la consulta”, le pedimos a la gitana que nos leyera la línea de la vida. Repasó las líneas con un misterio asustador y nos soltó un insulto más que gracioso: “chavales que sois, para que preguntan tamaña tontería”. Nos fuimos con la inquietud y nos reíamos apenas, sin pensar nunca en la muerte. Luego y cuando nos presentamos en la del Valle para ingresar a medicina y al comprobar que no habíamos quedado, nos acordamos de que la gitana tenía razón y le devolvimos el insulto: “Gitana….”

Julio y yo en el colegio general Santander, como se dice en la calle, “comíamos del mismo plato”. Tuvimos afanes e intereses parecidos y un cariño mutuo inacabable, que ni la fuga de él puede disipar. Nuestras confrontaciones fueron más fugaces que difíciles y solo recuerdo que se presentaban mas cuando nos enfrentábamos jugando futbol, el representando al América y yo al Deportivo Cali. Incluso cuando se atravesaba una chica que nos gustaba a los dos, jugábamos a las cartas para que la suerte decidiera.

Algo que es misterioso, lo compartimos, y sucede cuando los amigos disfrutan la misma banda sonora: con el mono nos aprendimos los boleros que tocaba Carlitos Lenis “payaso” y las canciones de Sandro, Rafael y Leonardo Fabio: nunca cantamos bien pero le poníamos un entusiasmo tan desbordado que mermaba la tragedia de no saber cantar.

En este trance tan nefasto para su familia y para los amigos sevillanos; me enciende la ira de no poder contar con su presencia para el proyecto futuro de educación, que varias veces habíamos pensado con Fabio Fernández y que nos permitiera llenar el vacío de nosotros como jubilados y pagarle la deuda social a Sevilla: el mono con su increíble sentido de realizar proyectos era uno de nuestros invitados.

Hoy con rabia, recuerdo aquel texto de André Malraux, el famoso novelista Francés, en su formidable libro “La condición humana”, cuando se resiste a aceptar que uno de sus protagonistas en la edad de los 50, tenga que morir en un instante después de haber acumulado el conocimiento y la sabiduría durante tanto tiempo; como hoy nos pasa con nuestro mono Julio.

A su esposa y sus hijos, a su querido padre, Don Plutarco, a la memoria de Doña Graciela y a sus hermanos Jairo; Nora y Diego Fernando, mi pesar por el inmenso vacío que deja el mono y el mensaje de energía para seguir luchando por un mundo mejor que supere la ignominia de los criminales y de los barbaros que se creen dueños de este país.
A lo mejor la gitana sigue respirando y yo con este nudo en el corazón.
Por: Ernesto Pino

"Estoy compungido ante la noticia criminal. Julián Ocampo siempre fue un alumno sobresaliente con brillo propio, no utilizó el valimiento de su padre que era profesor durante el bachillerato. Comerciante y empresario en el campo de los juegos de azar: honesto y ciudadano ejemplar.
Nos animó para reunir a los egresados de julio 1970, le hicimos caso y lo disfrutamos aquella noche de baile y licor con el otro mono, el mono Iván Reina y el polifacético actor Álvaro Rodríguez, entre otros. Leí el texto de Ernesto Pino, me los imaginé de médicos y los recordé comadreando".
Alberto Ramos Garbiras