Texto
de Ernesto Pino
Sevilla,
junio 6 de 2026
La
vida misma, la misma vida, normalmente tiene momentos difíciles, a veces
cruciales. Pero indudablemente tiene momentos lamentables. Uno de ellos es la
muerte de un amigo. Es difícil de entender como decía Malraux, el gran escritor
francés: tantas décadas de vida, hecha horas tras horas con esfuerzos,
alimentando la mejor esencia del cuerpo y del espíritu y solo bastan algunas
horas, quizás minutos, para que toda esa monumental obra de construir un gran
ser humano se pierda de pronto, con un soplo, en un abrir y cerrar de ojos.
Alberto Ramos, es ese amigo que construyó lo que quería, pero yo estoy seguro
que quería construir más. Él sabía que estaba en un momento cumbre de su
producción intelectual. Así es la vida, cuando no nos deja caminar más lejos.
Es terca la muerte, con Alberto, con todos.
Hay
miles de cosas para contar, pero brevemente comento dos.
La
primera. Una ironía. Una década atrás, en medio de la mesura y las exigencias
del trabajo de consultoría y de academia que compartimos muchos años, le
comenté con seguridad, que como hacia él para tener una salud de roble. Hola,
Alberto nunca se enferma y los compañeros asentían. Lo decía, porque sus amigos
reconocíamos nuestra debilidad frente a la enfermedad y él se mantenía indemne,
ileso, sin una gripa siquiera. El apenas sonreía como si fuera una broma.
La
segunda. Una búsqueda del arte. Alberto, lo que hizo de verdad lo hizo muy
bien. Como abogado, como profesor universitario, como columnista, como analista
político, como ambientalista, como líder por los derechos de todos, como
funcionario, como escritor, donde hizo algunos embates literarios que yo
personalmente le aplaudía. Pero también como crítico de cine, como fervoroso
fanático del séptimo arte como alguna vez lo hizo Andrés Caicedo y toda la saga
de Caliwood, donde tenía muchos amigos. Siempre le insistí y lo animé a que no
dejara ese hobby maravilloso del celuloide, cuando animado por él, nos
atrevimos con su orientación a escribir comentarios descarnados sobre películas
colombianas. Sin desconocer su magnífica lucidez intelectual en las veredas del
derecho y de su papel de politólogo y por siempre de escritor, Alberto brillaba
en su crítica cinematográfica. Por siempre, estará su sombra elocuente en las
salas oscuras de nuestros teatros.
Otra
alusión al Alberto Ramos político. Nunca su brillantez de politólogo, pudo
ocultar el fervor que sentía por reclamar los derechos de los indefensos, de
los olvidados, de la masa gaitanista. Por los poros se le salía la verticalidad
que nos dejó el gran Jorge Eliecer. Fue un liberal consumado, de los de verdad,
un seguidor suficiente de las ideas de Rafael Uribe Uribe. Alguna vez le
reclamé, porqué en sus charlas virtuales no hacia un reconocimiento histórico
de la política del siglo XIX. Y lo hizo con lujo de detalles al contarnos sobre
las 48 guerras civiles de este país en ese siglo, que refleja la herencia
pérfida y malvada de las oligarquías colombianas. Eso se lo agradeceremos toda
la vida, sus amigos, sus estudiantes de derecho, los activistas y muchos
ciudadanos que aprendieron de su análisis, la verdad de nuestro destino
violento y politiquero. Y refrendaba esa opinión, cuando disertaba de la figura
controvertida de Tomas Cipriano de Mosquera, quien había sido 4 veces
presidente de Colombia, unas veces como liberal y otras como conservador y cómo
su ego lo llevaba a ser un falaz imitador del libertador Simón Bolívar.
Y
una última exclamación. Una certeza. Alberto Ramos el amigo. La más importante
de sus actuaciones. Nos hicimos amigos, mas allá del compañerismo que resulta
del bachillerato, de pagar servicio militar y de caminar y trotar por las
calles de Sevilla. Nos dejábamos de ver por largos periodos, pero siempre el
reencuentro fue el de los amigos que convierten una distancia de dos años en
apenas dos días. Mucha calidez y mucha alegría en los momentos de la rumba y el
desorden. Un hombre solidario con sus amigos. Vamos a extrañar su mordacidad,
la ironía de su humor y las nuevas palabras que llevaba a la mesa como si
estuviera descubriéndonos el diccionario Larousse. De veraz y con todas las
letras, Alberto fue un ciudadano ilustre y sencillo: nunca dejó que sus honores
académicos y públicos le robaran la calma.
Me
queda el sentimiento grato de que antes de irse, hubiese leído mi crónica
homenaje sobre la vida del director de cine y cantante argentino, Leonardo
Favio.
A
su querida familia Ramos Garbiras, a su esposa y a sus hijos, que estén
tranquilos porque Alberto siempre estará AHÍ, pendiente de ustedes. Lo vamos a
extrañar toda la vida.
