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20 mar. 2017

Recordar es vivir:

 Erase en Salamina, la historia detrás de una maquina antigua de Café.

Salamina es un bello pueblito Caldense, ya con una larga historia que muestra el tesón de la colonización antioqueña del siglo 19. Le dicen la “ciudad luz”, porque desde siempre ha tenido una ejemplar vida cultural que se ha mantenido en el tiempo. Sin que le falte nada, este municipio fue declarado monumento nacional y patrimonio histórico de la humanidad. Sin embargo, Salamina a nivel nacional se ha hecho famosa por un animalito casi que desaparecido que es la nigua y una canción con aire bambuquero y alegre  que en las tertulias cuando toca, y hay de por medio unos guaros, sale disparada y feliz con sus picantes trovas:
Chiquita, chirriquitica, oriunda de Salamina/cuna de grandes poetas y capital de las niguas/colonizando los dedos llorosos de sirgüelillas/la encontró el jabón de tierra al taponar sus rendijas.
…….
La nigua es casi un microbio chiquita, chirriquitica/pero que rasca y que rasca, que pica, pica y repica/la nigua es casi un microbio chiquita, chirriquitica/y que cosa tan verraca si pica la hijueputica.
(Del Bambuco La Nigua, Autor: Bernardo Gutiérrez y Compositor: Bernardo Arcila)

Allí en Salamina en toda la esquina de la plaza, está ubicado el museo “Ciudad Luz”, con una arquitectura de tradicional cultura cafetera que tiene corredores en madera y chambranas llenas de flores y el colorido especial del paisaje cafetero. Este museo de 2 plantas, ha venido recogiendo muchas de las cosas de la cultura cafetera y de la colonización antioqueña que se han sumado desde 1.825  cuando fue fundada por Francisco Velásquez, Fermín López y Juan de Dios Aranzazu, entre otros. Hay de todo, desde las fotografías ya antiguas de color ocre de los personajes típicos y notables del pueblo, y todos los utensilios usados en épocas de vida rural, aparejos para el oficio agrícola del café, camas y muebles de hogar antiguos y originales, bacinillas, teléfonos, radios, máquinas de coser, estampas de santos, una rockola con sus discos de 78 revoluciones y un objeto casi extraño en estos modernísimos tiempo de internet y celulares: una máquina de preparación cafetera, totalmente diferente a la tradicional greca de los pueblos cafeteros, cada vez menos usada.

La máquina es de marca italiana LA CIMMBALI, eléctrica, de tres palancas y tres compartimientos para café y un tanque de agua.  Hasta ahí, lo interesante era pensar en una maquina antigua que desconocíamos, diferente a la greca de nuestros cafés de pueblo y seguramente estrenada en las décadas del 30 y del 40 del siglo pasado.
Pero Don Eddier Alzate, administrador del museo, nos tiró la primera “banderilla”:
- Lo importante de esa máquina es la historia que la rodea. Y allí empezó el cuento que les traigo.

Dice Eddier, que en la Semana Santa del año 2015, entró al museo un señor de 94 años, turista desconocido, quien inició normalmente el paseo de observación y de pronto se detuvo ante la máquina de café, se tapó la boca con asombro y luego agarro dos de sus maniguetas y con cierta discreción, agachó la cabeza y prorrumpió en un llanto emocionado, mientras trataba de abrazar toda la máquina. Sus hijos y nietos que lo acompañaban se alcanzaron a preocupar, hasta cuando el señor, secándose las lágrimas, aclaró el incidente, mirando a Eddier y disculpando el momento:
“Yo me llamo José Néstor Parra, tengo 94 años y hacia 65 que no regresaba a mi tierra. En 1.936 yo tenía 15 años y fui el primero en manejar esta máquina en el Café Paris del señor Cachito Gómez, quien me pagaba por mi trabajo un centavo que me servía para ayudar a mi madre y poder estudiar. Luego, me conseguí una beca para estudiar medicina en Medellín, así lo hice y después decidí viajar a los Estados Unidos, donde hice vida y una familia maravillosa que hoy me acompaña”.

José Néstor, entonces más tranquilo, empezó a preguntarle sobre la suerte de muchos contemporáneos que había conocido en Salamina. La mayoría habían muerto y José Néstor, ya conmovido le instó a decirle porque tenía tanta certeza, a lo que Eddier le respondió: “yo estoy seguro porque mi hermano y yo tuvimos una funeraria durante 40 años y por ahí desfilaron todos”. José Néstor sonrió y se santiguó dos veces en un claro gesto de duelo por los desaparecidos.
Luego pregunto por amigos como Camilo Gómez; Eddier dijo está vivo; Nicodemus Alzate, también está vivo, dijo Eddier y ese es mi papa’.

José Néstor con una sonrisa inmensa le dijo a Eddier, casi como una orden: “Los quiero ver ya”.

Eddier recordó que casualmente su padre se encontraba en el museo, bajo al primer piso, se fue directo al papá y le preguntó:
-Papá usted conoce a José Néstor Parra?
Lo pensó unos segundos y dijo:
-Sí, yo me acuerdo de ese hijuemadre que era muy cansón.

Una vez José Néstor, muy ansioso, bajo los escalones del museo que llevaban al primer piso se encontró con Nicodemus y se fundieron en un gran abrazo: la figura del encuentro era una imagen tierna y simpática, pues era el abrazo de una persona de 1,60 de estatura, Nicodemus, con un gigante de 1,80, José Néstor, todavía erguido y firme como un yarumo de bosque cafetero.

Nicodemus cuando lo tuvo más cerca, lo reparo con detenimiento como quien mira un objeto perdido y le dijo con una sonrisa maliciosa: “oye José Néstor, como estás de viejo”.

Nicodemus recordaba que era él, el que hacia el aseo, servía los tintos y atendía la garita del billar, en el Café París, y José Néstor era el maquinista. Inmediatamente se fueron a buscar a Don Camilo Gómez, con la útil advertencia de José Néstor: “Eddier esto a palo seco no lo resisto, consígame una botella de aguardiente amarillo” y Nicodemus le advirtió que él estaba tomando pastas para todo, incluida la próstata y la presión. José Néstor lo tranquilizo y le dijo: “Acuérdate que soy médico. Corramos el riesgo y si nos morimos, nos morimos juntos”.

Se reunieron al final ellos dos con don Camilo en su casa. A las tres horas llamaron a Eddier y le pidieron que fuera a la casa de Don Camilo que los tres ancianos estaban borrachos. La gente cercana, comentaba que de esa casa salían voces felices, canciones animadas y gritos entusiastas dando vivas a los partidos liberal y conservador. Hacía rato los vecinos no padecían un pandemónium tan desbordado.

La máquina después del Café París “anduvo” por muchos negocios, hasta que estuvo obsoleta y fue reemplazada por una más moderna. El museo la rescató del Café Prado de Salamina. José Néstor regreso a los Estados Unidos, Camilo Gómez, falleció en febrero de 2017 y Nicodemus Alzate murió 8 meses después del encuentro. José Néstor Parra, si es que está vivo y seguramente radicado en USA, a lo mejor no sabrá que tuvo un último encuentro con sus amigos de Salamina. Así es la vida de impredecible.

Por su parte, nosotros, turistas fortuitos de tierras lejanas, terminamos aplaudiendo el relato de Eddier con sonrisas  y lágrimas y conmovidos con esta historia contada a través de una maquina antigua de café.
Por: Ernesto Pino
Cali, Febrero de 2017

Email: ernestopino@yahoo.com